Un Road Trip antes de la nueva casa

La travesía fue algo así: en 15 días tomamos cerca de 5 aviones, ¡y a una que le encanta volar! (léase con tono de ironía, risas y llanto al mismo tiempo). Primero volamos desde Santiago de Chile, mi ciudad natal, a Chicago donde nos reuniríamos con mi hermana del alma, la Saskia, a quien conocí en uno de esos arranques de locura cuando me fui a vivir a Kenia por un año y en donde fuimos roomies. ¡Nos hubiesen visto cuando nos vimos por primera vez luego de no olernos en 3 años!

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Dim Sum, el brunch chino, para despedir el 2016.

Año nuevo poco loco en la “Windy City” (y sí que es windy) para pasar a Saint Louis, ciudad en la que mi amiga gringa vivió sus primeros años en una de esas fraternidades bien gringas que a los gringos les gusta poner en las películas. Una travesía de 4 horas desde Chicago para llegar primero a su casa/depa muy bonitamente amoblado y casi perfectamente ordenado de no ser porque su roomie dejaba los zapatos (y prácticamente toda su ropa) tirados en medio del pasillo (y de la casa…).

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Casa de Ron y Rita en Sullivan. Abajo, el río Meramac donde hicimos Canopy.

De ahí, una hora hasta Sullivan, un pueblito icónico donde la gente es rubia y de mayoría republicana excepto los papás de la Saskia que son unos personajes muy hippies, viajeros y que cultivan su propia comida. Sí, ahí nació una de mis mejores amigas, con ese par de papis buena onda que cualquiera quisiera tener, que le metieron en la cabeza desde bien chica que hay que conocer el mundo y, sobre todo, cuidarlo. Sí, sus papás Ron y Rita no se parecen en nada a quienes viven en ese pueblito a unos 100 kilómetros de St. Louis. Estuvimos en su campo lleno de venados lindos, pájaros Cardinals (como el equipo favorito de la Saskia) y la especial preparación de pan de Ron, por unos 3 días. Anduvimos en Canopy en un río casi desierto porque es invierno y nadie pasea por esos lados cuando las temperaturas son bajas. Luego de tres días de ser mimados por Ron y Rita con sus comidas orgánicas y vegetarianas, nos volvimos a aventurar, esta vez en el Gran Cañón con la Saskia y Dane, su pololo.

Tomamos un avión a Las Vegas (no era mi destino favorito pero el avión desde St Louis era barato y en auto hasta el Gran Cañón lo era aún más) donde paseamos una noche porque en realidad para 2 pares de pareja que no apuestan, no es la gran cosa a menos que una de ellas quiera tener un matrimonio con Elvis como juez. Y al día siguiente partimos al Gran Cañón. Estuvimos solo un día pero valió la pena levantarse a las 6.30 de la mañana con -10 grados solo para ver el amanecer y esperar 30 minutos para que el sol tiñera de cientos de colores las rocallosas.

Luego de manejar por el parque nacional durante toda una mañana, haciendo paradas en distintos puntos para ver el Gran Cañón y lo colorado que es el río Colorado (este parque se queda dentro de mis Top 10 de lugares más bonitos en los que he estado en mi vida), viajamos a Flagstaff que no estaba en el recorrido hasta que Dane y Saskia lo pusieron en el mapa para ir a ver a un amigo de Ron y Rita que vivió en Chile y que nos quería conocer. Y ahora ese pueblito está dentro de mis Top 10 de pueblitos. Eso sí, te encargo el frío, ¡sólo a nosotros se nos ocurrió venirnos al norte en pleno invierno! Lo positivo es que para mi cumpleaños, que es el 25 de julio, estaremos en verano (¡mi segundo cumple en verano!).

En fin, podría contarles en cientos de párrafos lo que fueron esos quince días, que inmigración de Estados Unidos fue un parto, que los gringos están locos, que hay mucha comida chatarra (después de verlos desayunar entiendo todo), que Chicago es una ciudad que me encantaría visitar en el verano o que Las Vegas debe consumir un 90% de las luces del mundo, prefiero quedarme con unas palabras que publiqué en Facebook el día que llegamos a Toronto porque me parece que son acertadas:

Luego de volar a través de rayos y centellas que me dejaron con la cushara más acelerá que después de pegarme una maratón por el Amazonas y luego de imaginarme todos los posibles (y simpáticos) escenarios mientras sobrevolábamos Toronto (digamos, antes de aterrizar), como yo corriendo por los pasillos del avión y gritando cual Dora la Exploradora por África arrancando de un león, o que cómo es que los azafatos (bueno, auxiliares de vuelo) no entregaban pastillas para doparse en esas situaciones, o que por qué fui tan morbosa de ver la película Sully a dos días de volar (y a una que le encanta volar 😒), luego de casi 40 minutos de danzar por los aires a lo baile ruso-chino-pachamama (sí, todo junto), aterrizamos en la ciudad que será nuestro hogar por un tiempo.

Escuchando “We built this city”, le digo al Planeta: ¡BIENVENIDO MUNDO 2017!

*Créditos al fotógrafo, José Manuel Gómez

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