Hogar, ¡no hay como el hogar!

Donde vivimos hay música en las calles. Donde vivimos las cuadras son largas y solo hay casas, no hay edificios grandes, entonces el sol llega cada mañana y cada tarde a las veredas cuando es posible tener un poco de sol en el invierno y, si no, te acostumbras a la luz que viene desde las nubes. Cuando te vienes a Toronto en pleno invierno, compras el paquete completo. Sin quejarse.

Parte de esa compra fue arrendar en dos Airbnb con todo lo que implica pero, si buscas arrendar por un largo tiempo, no conviene porque por las mismas lucas te arriendas un lugar solo para ti donde no tienes que compartir ni el aire. El primer Airbnb fue de un koreano en pleno Downtown, casi en Bloor con Yonge; el depa era un poco desastroso y no pudimos usar la cocina en toda la primera semana desde que llegamos pero el dueño era simpático y nos ayudó con harta información entonces le di buen puntaje sólo porque me cayó bonito.

El segundo Airbnb era casi perfecto: estaba al lado de donde vivimos ahora (St. Clair con Dufferin que no es pleno centro pero estamos bien ubicados), la casa era limpia, ordenada, la dueña, Natalyia una ucraniana casada con canadiense, un diez, y tenía todas las facilidades (lavadora, secadora, cocina con utensilios, cafetera para mi sagrado café mañanero, artículos de limpieza por si te bajaba la neura y querías limpiar tu pieza). Digo que era casi perfecta excepto por un detalle: nuestros roomies, una pareja de irlandeses, se la pasaban cocinando. Y cuando digo “cocinando” no me refiero a que la casa estuviera pasada a bakery, pasteles y pan recién horneado sino que a salchichas, huevos, papas fritas, pollo refrito y aceite hidrogenado. Creo que incluso ingeríamos calorías de solo oler. Una que no desayuna como los gringos no entiende cómo a esa pareja de irlandeses no le dio un paro cardíaco después de comer así durante 10 días (en realidad, una vida porque me quedó claro que era su alimentación basal). El día que se fueron, uno antes que nosotros, nuestros olfatos finalmente descansaron.

Ahora que estamos instalados hemos descubierto hartas cosas: por ejemplo, que para ahorrar plata te puedes ir de shopping por las calles de Toronto. Sí, como lo leen, de shopping por las calles porque muchas personas dejan sus mejores (y peores) artículos de casa a las afueras de sus casas para que otros como nosotros, los que no tenemos tanto capital, nos los llevemos. Sillones, camas, colchones, lámparas, sartenes, ollas, you name it. Todo eso queda a disposición del consumidor callejero para que lo recicle, lo use y lo vuelva a utilizar hasta que le salga moho. Por ejemplo hoy Natalyia me dejó su cafetera que ya no quería más, la dejó en el porche de su casa así que la pasamos a buscar ya que en nuestro hogar le daremos el amor y utilidad que le corresponde (le falta una pieza importante pero uno aprende a ingeniárselas).

Acá la gente no le ve un valor monetario a todo así, por ejemplo, en páginas como Kijiji encuentras artículos “for free”, es decir, gratis. El canadiense recicla y en vez de botar las cosas a la basura o sacarle un poco de plata que no le va ni le viene, prefiere regalarlo.

Mientras escucho “Shattered Dreams” de Johnny Hates, me despido con una sola frase: Toronto, now you’ve given me (given me) nothing but beautiful (and not shattered) dreams!

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