Israel y Palestina: buenos y milagrosos momentos versus malos momentos

Estuve revisando mi blog y me di cuenta de que nunca había publicado nada sobre mi viaje a Israel y Palestina el 2012 cuando estuve de voluntaria en Kenia y me tomé unos días de descanso para viajar: había una oferta y compramos pasajes desde Nairobi a Addis Abeba (Etiopía) y de ahí a El Cairo, con vuelta desde la capital egipcia a Kenia por menos de 450 dólares en total.

La experiencia en Israel fue bastante miscelánea porque tuvimos muy buenos momentos pero también muy malos momentos, en particular con inmigración cuando intentamos salir del país y especialmente en el aeropuerto en Eilat, incluso más que en el de Tel Aviv.

Les resumo los buenos momentos:

  1. Caminar sin rumbo fijo por la Ciudad Antigua en Jerusalem: A pesar de que hay una enorme cantidad de turistas y, sin lugar a dudas, el destino está claramente un tanto explotado, la vibra que se siente no la he sentido en ninguna otra parte del mundo. Estar rodeado de tanta historia y religiones que se superponen unas con otras pero que al mismo tiempo conviven armoniosamente le da un toque único y muy especial que no encuentras saliendo de esas murallas. Con mi amiga, la Andi, vivimos una experiencia casi mágica con un señor que vendía souvenirs y antigüedades y que sin pedirnos nada a cambio nos invitó a su tienda a tomar té, charlar y, de paso, descubrirnos (luego de esa mística charla, terminamos en un bar bebiendo cerveza y tratando de dilucidar qué era lo que nos había pasado en esa pequeña tienda). Es a través de esas experiencias que te das cuenta que te encuentras en una ciudad sagrada en el más amplio sentido de la palabra.
  2. Perderse por las calles de Bethlehem y Nazareth: Ambas ciudades están en Palestina y, a pesar de encontrarse a pocos kilómetros de distancia de Jerusalem, es como viajar a otro continente diametralmente opuesto. No solo las religiones son distintas en cada ciudad sino que también las personas visten y son diferente (en Jerusalem hay una alta influencia del Occidente), además la comida es más barata. De todas maneras, en las tres ciudades los colores tierra de las edificaciones predominan y perderse en las calles es sumamente atractivo sobre todo en las zonas que rodean a las capillas importantes de cada ciudad: en Nazareth, la iglesia de la Virgen y en Bethlehem (o Belén), la iglesia de la Natividad.
  3. Bañarse en el mar muerto: Es el único mar en el mundo donde no hay seres vivos, de ahí su nombre, porque el agua es tan salada que nada sobrevive. Mi recomendación es que lleves ropa de cambio porque no vas a querer caminar con esa cantidad de sal en tu traje de baño.

Los malos momentos se resumen a inmigración y aeropuertos pero de esos extrajimos también buenas experiencias: primero, tuvimos problemas para pasar por tierra de vuelta desde Eilat (ciudad fronteriza) a Egipto. Nos urgía llegar a El Cairo al día siguiente porque desde allí teníamos un vuelo a Nairobi en menos de 30 horas. Nunca entendimos bien por qué no nos dejaron pasar ya que el oficial apenas hablaba inglés, pero sospecho que tiene que ver con la situación socio-política en ese momento en Egipto porque al menos nuestras visas estaban al día. La solución que nos dio el oficial de inmigración egipcio, luego de insultarnos en nuestros respectivos idiomas, fue que debíamos llegar por aire para no tener problemas. Como Eilat no tiene aeropuerto internacional, tuvimos que comprar pasajes en avión desde allí a Tel Aviv para el día siguiente a las 6 de la mañana. La buena experiencia extraída de todo este malentendido es que conocimos a un chileno muy simpático, Hugo, que había vendido todas sus pertenencias incluido un departamento en Chile para recorrer el mundo. Como todos teníamos que tomar vuelos muy temprano desde Eilat, decidimos permanecer despiertos toda la noche conversando acerca de nuestros sueños y gastar el dinero del alojamiento en comida y cervezas.

Al llegar a Tel Aviv a la mañana siguiente, tuvimos que rogarle a una vendedora de Egypt Air para que nos buscara pasajes baratos en el siguiente vuelo a El Cairo porque lo único que aparecía como disponible era en clase ejecutiva y ya nos habíamos gastando la vida en volar a Tel Aviv cuando no era un gasto presupuestado (la idea de volver por tierra era porque nos salía unas 15 veces más barato); milagrosamente nos encontró pasajes en clase económica para esa misma mañana. Con respecto a los malos momentos de esa misma mañana, en ambos aeropuertos tuvimos dramas con inmigración sobre todo en Eilat donde la interrogación de por qué fuimos a Palestina derivó en por qué éramos voluntarias en Kenia, qué hacían nuestros padres y cada uno de los miembros de nuestras familias, entre otro tipo de preguntas que no iban muy al caso. Luego de cerca de 40 horas de maratón sin dormir, un día sin bañarnos, luego de sudar la gota gorda y pasar milagrosos y malos ratos, logramos tomar nuestro vuelo de vuelta a Nairobi desde El Cairo como habíamos planeado, no sin antes visitar el Museo de El Cairo (en vez de dormir una siesta llegando a la capital egipcia, decidimos continuar despiertas; ya tendríamos tiempo de recuperar horas de sueño a nuestro regreso).

Escuchando “Sense of Discovery” de Simple Minds, ¡los dejo hasta el próximo y recargado post!

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