A India le puedes tener un cariño medio

Hay una frase bien cliché que me tiene medio podrida: “A India la odias o la amas, no hay término medio“. Primera gran mentira. Sí hay término medio porque India es un país tan grande que es imposible quedarse con una sola impresión. Las personas que dicen eso es probablemente porque sólo se quedaron con el famoso Triángulo de Oro (algo sobrevalorado, diría yo) que incluye Delhi, el Taj Mahal en Agra y los hermosos palacios del Rajastán en Jaipur.

La experiencia para mi ha sido bastante miscelánea: empecé bien y emocionada, en la mitad las expectativas se fueron al tacho de la basura (principalmente porque me enfermé, deduzco que fue producto de la contaminación acústica, lo que empañó bastante mi experiencia) y de ahí todo mejoró. Comenzamos en Jammu, en el matrimonio de mi amigo Vipul que duró 3 días completos pero que en la práctica se sintieron como siete. Luego nos fuimos a Amritsar para visitar el Templo Dorado y donde también inicié “la maratón” (me evitaré detalles demasiado gráficos) gracias la famosa “Delhi Belly” y hoy, luego de diecinueve días en mi sistema, se fue casi por completo gracias a la ayuda de un doctor muy simpático que me regaló antibióticos y probióticos (todo parece indicar que me agarré una bacteria).

La siguiente parada después de Amritsar fue Agra donde visitamos el impresionante Taj Mahal que, a pesar de estar sobre explotado turísticamente, es demasiado majestuoso como para perdérselo (y las fotos no representan ni un ápice de lo que es). Mi sugerencia es ir por el día y evitar por completo la ciudad ya que no es muy atractiva. En Jodhpur, la ciudad azul (que de azul le queda re poco) mi ánimo mejoró gracias no solo a que Jodhpur es más pequeña y amable sino que también gracias al acogedor rooftop y staff del hostel en el que nos quedamos, el Discovery Guest House. Seguía de lo más bien en Udaipur pensando que mi situación estomacal estaba mejorando (en este punto llevaba unos 10 días de maratón) hasta que comí algo que aparentemente no fue muy bueno. En Jaipur, la ciudad rosada, visitamos templos, fuertes y palacios increíbles sin embargo, hay una gran diferencia entre la ciudad y el fuerte que se encuentra un poco retirado en Amber.

Ahora estamos en Rishikesh, capital mundial del yoga, donde puedo decir que la experiencia ha mejorado en todo sentido: la bacteria decidió morir (o yo decidí matarla), las montañas se alzan majestuosas y las bocinas de los tuk tuks y motocicletas han cesado dramáticamente. Esto permite a una persona que se acostumbró a todo lo polite de Canadá, a pensar un poco mejor, a digerir la experiencia y decidir si la frase “a India la amas o la odias” es real o no. Y la realidad dista mucho de esa frase armada. En un mes en India puedo decir que sí hay término medio, me quedo con todo, los buenos momentos los proceso y los malos los digiero como debe ser, los pienso y decidí que solo les daré unos minutos de mi vida.

Escuchando “Love never felt so good” del Rey del Pop, los dejo hasta el próximo post (que espero poder escribir en alguna playa en Tailandia).

Nota: Publico esto desde Delhi a donde llegué esta madrugada. Delhi es una ciudad que no le recomiendo a muchas personas, sobre todo ahora debido a la contaminación ambiental.

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