Por qué saber de visas importa. “Usted No puede entrar a Zimbabwe”

Revisando mis antiguas entradas (en esta misma página) me he dado cuenta de la enorme cantidad de historias no contadas y que ya formaron parte del imaginario “Fran viajera”. Historias locas que solo he contado a mis amigos, no porque me avergüencen sino que porque sencillamente nunca me detuve a pensar que aquellas son las que hacen mis viajes únicos. Míos.

Era el 29 de diciembre de 2009, primera vez que pisaba continente africano. Desde que tengo uso de memoria, soñaba con verlo con mis propios ojos, no sólo lo que nos contaba la revista National Geographic (que entonces era una de esas revistas caras que en mi casa jamás se adquirían porque con esa plata comíamos, entonces las pedía prestadas en la librería del colegio o a mis compañeras adineradas y arribistas que, de paso, no me caían muy bien). Ahí estaba yo, vestido blanco, calzas de flores, pelo largo, perdida. Estaba en Cape Town, Sudáfrica, y todo era nuevo.

La realidad es que Sudáfrica no me vino muy bien, en parte porque me robaron en varias ocasiones, pero lo que tal vez más me dolió fueron las fuertes tensiones raciales. Si bien la historia de Sudáfrica me da cierta razón en este sentido, también fue un sentimiento -y, por lo tanto, sujeto a subjetividad – de estar fuera de lugar, un sentimiento que nunca experimenté en Kenia, país que me acogió durante un año (entre 2011 y 2012) luego de esta primera experiencia en África subsahariana.

Estuve en Cape Town, Durban, Johannesburg, Pretoria. Y al cabo de una semana quería emprender nuevo rumbo, nuevo país, otras personas, buscar otros sentimientos que no fueran de completo desarraigo. No entendía mucho de visas y, en mi total ingenuidad, le pregunté a la persona incorrecta sobre si necesitaba visa para entrar a Zimbabwe o no. Fue en la estación de buses en Johannesburg, estaba buscando pasajes que fueran a Harare (capital de Zimbabwe) y encontré una compañía de buses que, entre sus destinos, incluían Harare, así que me acerqué y le pregunté a la chica que los vendía, si sabía si los chilenos necesitaban visa para entrar. Como en Sudáfrica había podido pagar mi visa directamente en migración de aeropuerto, pensé que podría hacer lo mismo en la frontera. La chica me dijo que sí. Volví a preguntarle, “¿estás segura?” Sí, confirmó.

Tomé el bus junto con un paquete de galletas de chocolate, frutas, y jugo. Y las fui saboreando durante todo el camino que tomó cerca de 6 horas hasta llegar a la frontera con Zimbabwe, pensando “aquí estás Fran, a la aventura”. Ese aire de aventurera me duró hasta la frontera. Era de noche, unas luces tenues alumbraban a las decenas de buses y autos esperando cruzar la frontera, militares armados, perros oliendo paquetes y una pensando “esto va a tomarme varias horas”. Así que me armé de paciencia e hice la fila.

Al cabo de 1 hora haciendo la fila, llegó finalmente mi turno para que me estamparan el pasaporte. “No puede pasar”, me dijo el militar. “¿Por qué no?”, y me dijo “Usted no tiene visa, tiene que volver a Sudáfrica. No puede entrar a Zimbabwe”. Me quedé pensando unos segundos si me estaba gastando una broma o si había escuchado mal. “La chica de la estación de buses me dijo que no necesitaba visa”, expliqué (como si esa explicación me fuera a validar). Me mandó de vuelta a la fila de los que necesitaban entrar a Sudáfrica. Y ahí me pasé las siguientes 10 horas, alimentando babuinos con las pocas papas fritas que me quedaban, y riéndome de mí misma.

“Fran”, me dije “Esta es una buena historia. De cómo te mandaron de vuelta por pelotuda”. Y reí todo el camino de vuelta a Johannesburg porque, al final, no me quedaba más que hacer. Reí por mí y por mis malas decisiones que, al final, resultan ser puros aprendizajes. Como por ejemplo, nunca más preguntar por visas en una estación de buses a una completa desconocida.

Nota aparte: un año y medio después, cuando volví a Sudáfrica para encontrarme con unos voluntarios (y antes de volar a Kenia donde me quedaría un año trabajando como voluntaria), logré estampar finalmente mi pasaporte con la visa de Zimbabwe. Fue en la frontera que une a este país con Sudáfrica, desde el Kruger Park.

Ya les contaré de esa vez que pensé que padecía de dolor estomacal y enfriamiento cuando en realidad era malaria.

*La foto es del camino desde Cape Town a Pretoria.

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